Como soy farmacéutica y me dedico a la evaluación del impacto y la efectividad de las vacunas, lo fácil sería pensar que voy a hablar del caso de Andrew Wakefield, su polémico “hallazgo” de una relación entre la administración de la vacuna triple vírica y la aparición de autismo (y colitis), y el fuerte movimiento anti-vacunas que estos estudios fraudulentos animaron. Sin embargo, como es un caso más o menos conocido por todos en la comunidad científica (si no os dejo más información por aquí), preferí buscar casos impactantes que me resultasen desconocidos dentro del ámbito de las ciencias de la salud y los ensayos clínicos.
En esta entrada del blog voy a hablar del caso de Yoshihiro Sato. He intentado comprimir la información, pero me ha sido imposible hacer un breve resumen del tema. Este caso tiene mucha aplicabilidad a las diferentes lecturas que hemos visto como parte de la asignatura sobre el fraude científico: data fabrication, retracción de papers (tras años de inacción por parte de las revistas), peces más gordos desentendiéndose de polémicas, la mano de la industria farmacéutica o los efectos dañinos que estas investigaciones tuvieron sobre otras posteriores. Por ello, me he tomado mi tiempo para conocerlo en profundidad.
Yoshihiro Sato, la osteoporosis y el fraude científico
Yoshihiro Sato fue un investigador japonés en el campo de la osteoporosis, que empezó a publicar en la década de los 90. Se sabe que ejerció como osteólogo durante 13 años en el Hospital Mitate de Tagawa, una pequeña ciudad en Japón, y que fue profesor de la Escuela Médica Universitaria de Hirosaki en los años 2000-2003.
Publicó decenas de artículos en los que reportaba los efectos de terapias (como la luz del sol, las vitaminas K y D, los folatos, u otros fármacos, como el risedronato) para disminuir las fracturas óseas, tanto después de un accidente cerebrovascular como en pacientes con enfermedad de Parkinson o Alzheimer.
Las primeras sospechas están documentadas en 2005, cuando tres investigadores de la University of Cambridge enviaron una carta al editor de la revista Neurology expresando dudas sobre un artículo publicado por Sato ese año, preguntándose cómo era posible que el autor del artículo hubiese logrado reclutar a 374 pacientes con esas características específicas en solo 4 meses, y hubiesen sufrido tan pocos abandonos en el transcurso de la investigación.
1. Data fabrication
En 2006, Alison Avenell (university of Aberdeen, Escocia) y otros tres investigadores (University of Auckland, NZ) comenzaron una labor que duró años para intentar destapar los engaños de Sato. Siguieron esa misma línea de razonamiento, en la que parecía imposible que Sato hubiese reclutado a tan elevado número de pacientes, con síndromes raros, para un hospital tan pequeño como en el que trabajaba, y consiguiendo hacer personalmente un seguimiento de todos ellos en tiempos record, casi sin abandonos del tratamiento. Esta retención de pacientes es especialmente asombrosa si se tiene en cuenta que la mayoría de pacientes eran personas de la tercera edad, que normalmente tenían otras comorbilidades y tratamientos (polifarmacia), de los que se sabe que la adherencia a los tratamientos es muy mejorable.
Además, los grandes efectos que conseguían las terapias en casi todos sus ensayos eran muchísimo mayores que en otros ensayos existentes. Es decir, sus resultados no eran consistentes con los obtenidos por otros grupos al estudiar las mismas terapias. En general, en los 33 ensayos clínicos que habría llevado a cabo Sato, las personas que recibieron la terapia fueron 78% menos propensas a romperse una cadera que el grupo de control, mientras que varios meta-análisis de otros ensayos no detectaron que el tratamiento aportara beneficios o el beneficio era inferior al 40%.
Otra cosa que llamó la atención de los investigadores fue la gran similitud entre las características de los pacientes de los 33 ensayos clínicos que Sato había publicado. Con más de 500 variables en total, los grupos de ensayo (supuestamente aleatorizados) eran increíblemente parecidos, concluyendo que Sato había falsificado los datos de ambos grupos y los había hecho más similares de lo que jamás serían en la vida real.
Como extra diré que algunos ensayos clínicos se posicionaban a favor de la industria farmacéutica afirmando la efectividad del risedronato (y otros) en la reducción del riesgo de fracturas. No está del todo claro si los investigadores obtuvieron beneficios económicos por dicha publicidad (nada extraño por estos lares), pero da para reflexionar.
Comentar que no fue hasta 2015 cuando la revista Journal of Bone and Mineral Research retiró uno de los 33 ensayos clínicos que fueron analizados. Después de muchos años intentando publicarlo, los investigadores finalmente lograron publicar su estudio “Systematic review and statistical analysis of the integrity of 33 randomized controlled trials” en la revista Neurology, el 9 de noviembre de 2016. Para 2017 ya se habían retractado 17 de los 33 ensayos de Sato.
2. “Echar la culpa al becario”
En este caso, no aplica exactamente la regla de “echar la culpa al becario”, ya que Sato no lo era. Sin embargo, estudiando este caso la forma en la que sus colaboradores se desentendieron rápidamente me llamó la atención. El fraude también atrajo la atención sobre dos coautores; sus nombres son los que aparecen con más frecuencia en los artículos de Sato.
Uno de ellos, Kei Satoh, quien fuera presidente de la Universidad de Hirosaki en Honshu, al parecer no tuvo mayores problemas. Sostuvo que su función fue solo corregir el inglés de los artículos. Su nombre aparece en 13 de los 33 ensayos clínicos.
El otro coautor habitual, Jun Iwamoto, colaboró con Sato durante más de una década y publicaron unos 130 artículos conjuntos (25 de los 33 ensayos clínicos). Al ser cuestionado sobre su participación, Iwamoto alegó que desde 2002 comenzaron a poner el nombre del otro en cada artículo que escribían, y que no sabía nada de la mala conducta de Sato, pero una comisión de la Universidad también encontró problemas en los ensayos clínicos donde Iwamoto era primer autor. Finalmente, se han retractado 74 publicaciones donde Iwamoto aparece como primer autor.
3. Riesgos derivados del fraude científico
El daño ocasionado por Sato a las investigaciones sobre las fracturas de cadera es muy grande. Un metaanálisis realizado por un grupo de investigadores, que concluyó que los bifosfonatos son altamente efectivos para prevenir fracturas de cadera en pacientes mayores con accidente cerebrovascular o enfermedad de Parkinson, se basa únicamente en ocho ensayos de Sato. Lo mismo ocurre en otro metaanálisis sobre la densidad mineral ósea en pacientes con Alzheimer.
Otros dos metaanálisis probablemente llegarían a conclusiones diferentes si se eliminaran los ensayos de Sato. Uno de ellos fue la base de una guía japonesa de 2011 que recomienda el suplemento de vitamina K para personas en riesgo.
Los falsos estudios de Sato se han citado más de mil veces y 23 revisiones sistemáticas o metaanálisis han incluido uno o más de sus ensayos. Ensayos posteriores de otros autores citaron al menos uno de los artículos de Sato para explicar la justificación del ensayo, con la consiguiente pérdida de tiempo, esfuerzos, recursos y molestias innecesarias a pacientes.
Excelente entrada.Un caso muy interesante explicado con mucho detalle. Qué mal hacen este tipo de historias, a la medicina, a pacientes y a la confianza social en la ciencia. En fin, que nos sirvan de aprendizaje al menos
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